Pero hasta ahora la experiencia ha demostrado que estos novedosos cultivos no combaten el hambre, no reducen el uso de agroquímicos, no traen beneficios al pequeño agricultor, y además crean nuevas formas de dependencia económica

Argentina: Republica de soya

Ningún país latinoamericano se ha entregado tan de lleno al cultivo de transgénicos como Argentina. Los últimos años han sido testigos del explosivo crecimiento del área dedicada en ese país a la siembra de soya genéticamente modificada (GM). El cultivo de soya (soja, en Suramérica) en Argentina subió de 9,500 hectáreas a principios de la década de los setenta a 5.9 millones en 1996. Tras la introducción de la soya transgénica al país a fines de los años noventa, el área sembrada de soya aumentó a 10.3 millones de hectáreas en 2000. Ya ha excedido las 14 millones de hectáreas y por lo menos 95% de toda esta soya es GM. Toda la soya transgénica cultivada en Argentina es de la variedad Roundup Ready, producto de la empresa de biotecnología estadounidense Monsanto.1

Los ideólogos neoliberales y los empresarios del agronegocio consideran la soya todo un éxito y una bonanza económica para el país. Señalan que este cultivo trae grandes sumas de las muy necesitadas divisas para pagar la deuda externa. Pero las consecuencias de este “éxito” han sido desgarradoras para el ambiente y para la vida de la mayoría de los argentinos.

El resto de la producción agrícola está siendo desplazada y empujada a la extinción a medida que la ruralía argentina es reorganizada en función del monocultivo de soya. Cultivos de lenteja, batata, arveja, algodón, trigo, maíz, arroz, sorgo, hortalizas, verduras y frutas, fincas lecheras y hasta los mundialmente célebres hatos ganaderos del país están desapareciendo ante el avance arrollador de la soya. Este país que una vez pudo alimentarse a sí mismo y exportar carnes de primera calidad, ahora tiene que importar alimentos básicos. Los alimentos importados son más caros y están fuera del alcance de gran parte de la población, que es paupérrima. De 1970 a 1980 el porcentaje de argentinos viviendo debajo del nivel de pobreza subió de 5% a 12%. Tras la implementación de políticas neoliberales de ajuste estructural, la cifra llegó a 30% en 1998 y subió al 51% en 2002. Hoy 20 millones de argentinos viven en la pobreza y 10 millones de ellos pasan hambre.2

Más del 99% de la soya argentina se exporta a los mercados de Asia y Europa para alimentar reses. De esta manera, el país está sacrificando su producción de ganado, altamente cotizada en el mundo entero por su singular calidad, en beneficio de sus competidores europeos. De 1998 a 2003, el número de fincas lecheras bajó de 30 mil a 15 mil. En palabras del agrónomo y genetista Alberto Lapolla, “La nación argentina ha mutado de ser el granero del mundo para transformarse en una republiqueta sojera, productora de forrajes, para que otros países con políticas de desarrollo en serio críen su ganado y no tengan que importarlo de otros países como el nuestro.”3

Los agricultores y terratenientes van cambiando a la soya en respuesta a un número de presiones económicas. En primer lugar, los productores locales no pueden competir con las importaciones agrícolas masivas y baratas resultantes de las políticas de libre comercio. A esto se añade toda una estructura de incentivos y subsidios gubernamentales que favorecen al cultivador de soya. Y por si esto no fuera suficiente, la corporación Monsanto provee a los productores asesoría de expertos y la maquinaria de siembra directa que hace viable el monocultivo masivo de soya, además de la semilla y el herbicida, con facilidades crediticias.

La soya GM “Round-Up Ready” no fue modificada para que rindiera más o fuera más nutritiva. Fue modificada para ser inmune al glifosato, ingrediente activo del herbicida Roundup de Monsanto. El efecto ambiental de esta nueva agricultura ha sido devastador. “El sistema de cultivo de siembra directa, con alto uso de agroquímicos (Roundup), ha producido ya en la zona de monocultivo una desertificación biológica marcada, con la desaparición de aves, liebres, crustáceos, lombrices, moluscos, insectos, etc., afectando particularmente la microflora y microfauna del suelo, alterando la microbiología del suelo responsable de los procesos que desarrollan y recuperan la fertilidad natural de los suelos al exterminar las bacterias y otros microorganismos, permitiendo su reemplazo por hongos”, advirtió Lapolla.

La expansión de la soya ha venido a costa no solo de otros cultivos sino también de bosques y áreas silvestres. Para expandir el monocultivo, los latifundistas y agroempresarios están deforestando amplias áreas de las montañas boscosas a los pies de los Andes, conocidas como las Yungas, y del Chaco, en la frontera con Bolivia y Paraguay. En la provincia de Entre Ríos, al norte de Buenos Aires y en la frontera con Uruguay, se han deforestado más de un millón de hectáreas entre 1994 y 2003 para darle paso a la soya. Esta deforestación ha causado desastrosas inundaciones sin precedente histórico, especialmente en la provincia de Santa Fe.

El efecto económico no ha sido menos desolador. El monocultivo a siembra directa de soya Roundup Ready crea desempleo ya que casi no requiere de mano de obra. Mientras que un huerto de melocotón de una hectárea o una arboleda de limón de la misma extensión requieren de 70 u 80 trabajadores, la misma área sembrada de soya emplea cuando mucho dos personas.

Aquellos que le han dado la espalda al modelo soyero para dedicarse a la pequeña agricultura tradicional de subsistencia se han encontrado imposibilitados de hacerlo pues las nubes de glifosato fumigado desde aviones viajan grandes distancias, dejando a su paso estelas de muerte y destrucción.

En Colonia Los Senes, en la provincia de Formosa, familias que cultivaban maní, remolachas y plátanos y tenían pollos, patos y cerdos, vieron sus vidas cambiadas en 2003 cuando comenzaron a sobrevolar aviones fumigando herbicida sobre los cultivos de soya que recién se habían establecido en la cercanía. Los pobladores sufrieron de náuseas, diarreas, vómitos, dolores estomacales, alergias e irritaciones de la piel. A los niños les aparecieron manchas y llagas dolorosas en la piel y a veces no se podían parar del dolor. Las plantas de plátano se deformaron, los animales murieron o engendraron descendientes deformes, y hubo informes de lagos llenos de peces muertos.4

“Argentina fue alguna vez el granero del mundo, una vez alimentó a Europa. Sin embargo hoy los niños hambrientos rondan por sus villas miseria; los cartoneros, junto a familias enteras sin trabajo deambulan por las calles en busca de basura que sea apta para reciclar para así, a duras penas ganarse un sustento y más de la mitad de su población vive bajo la línea de pobreza”, relatan el abogado Facundo Arrizabalaga y la antropóloga social Ann Scholl.

Añaden que “la soja está descomponiendo no sólo la esencia misma de la tierra sino también la de la sociedad. Las villas miserias están estallando en las afueras de las grandes ciudades con los campesinos desplazados por aeroplanos cargados de glifosato, mientras los gigantes de la agroindustria se apoderan de la tierra. Es que la soja no genera trabajo, es una agricultura sin gente, sin cultura. El éxodo rural en los últimos años ascendió a un ritmo alarmante: 300 mil campesinos abandonaron el campo y casi 500 pueblos han quedado abandonados. Como consecuencia de esto el crimen y la violencia están escalando día a día y con ello incrementa la marginalización.”5

Brasil: El pragmatismo de Lula

El monocultivo de soya Roundup Ready (RR) está rebasando las fronteras de Argentina y penetrando países vecinos. En Brasil, el segundo productor mundial del grano, en años recientes ha habido un contrabando masivo de semillas de soya RR de Argentina al estado brasileño de Rio Grande do Sul, donde se concentra la producción soyera de ese país.

El tráfico de estas semillas, que ha tenido la complicidad (al menos pasiva) de agroempresarios y latifundistas, era ilegal ya que su importación fue subrepticia y no pasó por los debidos canales de aprobación gubernamental. Grupos de la sociedad civil, como el Movimiento de Trabajadores Sin Tierra (MST) sostienen que los cultivos transgénicos deberían pasar por una evaluación ambiental, como lo requiere la Constitución brasileña. También señalan que Brasil está obligado a realizar tales evaluaciones desde que firmó el Protocolo de Cartagena sobre Bioseguridad, acuerdo internacional que atiende los posibles riesgos de organismos genéticamente alterados. Otra preocupación es que esta invasión transgénica arruine la ventaja competitiva de los productos agrícolas brasileños en mercados internacionales, ya que los productos libres de contenido transgénico tienen más alta cotización.

En su exitosa campaña electoral, el entonces candidato presidencial Luiz Inacio “Lula” da Silva había prometido atender las preocupaciones de los sectores que denunciaban la entrada ilegal de transgénicos al país. Una vez en el poder, sin embargo, optó por el pragmatismo y firmó en octubre de 2004 una medida que agrupaciones de la sociedad civil dicen que es favorable a la industria de la biotecnología y que avala las ilegalidades cometidas por los contrabandistas y usuarios ilegales de soya RR.

En una carta de protesta firmada por numerosas organizaciones, incluyendo cooperativas, movimientos sociales como el MST, sindicatos de trabajadores rurales como la Federación de los Trabajadores en Agricultura Familiar, el Instituto de Defensa del Consumidor, ActionAid Brasil y la Comisión Pastoral de la Tierra, se denuncia que la medida ”viola el principio de precaución de la Convención sobre la Diversidad Biológica” de la cual el país es parte, al liberar los transgénicos ”sin ningún estudio previo de impacto ambiental y de riesgo para la salud de los consumidores”.

Según los firmantes, la introducción clandestina de soya RR de Monsanto “impidió que la población brasilera tenga la oportunidad de escoger si desea o no consumir y someter al medio ambiente al cultivo de transgénicos. Impidió además que fuesen tomadas medidas para garantizar la segregación y la rotulación de la producción transgénica, y de esta forma proteger a los agricultores que quieren plantar semillas convencionales o promover el cultivo agroecológico”.

Joao Pedro Stedile, líder del MST, describe el conflicto de la siguiente manera: “De un lado tenemos los intereses de lucro y el control del monopolio de las semillas por las empresas multinacionales como la Monsanto, la Cargill, la Bung, la Du Pont, la Syngenta y la Bayer. Del otro, los intereses de los agricultores honestos y del pueblo brasileño. Esa es la verdadera confrontación que se traba en la cuestión de los transgénicos.”

“Si podemos alimentar nuestro pueblo con productos de otras semillas más seguras y saludables, ¿por qué arriesgarnos con transgénicos? ¿Solamente para garantizar las ganancias de la Monsanto?”, preguntó Stedile.

Paraguay: La invasion de los brasiguayos

Paraguay, siendo el cuarto exportador mundial de soya, ya está sufriendo el embate del monocultivo transgénico, a pesar de que hasta el día de hoy su gobierno no ha legalizado tales cultivos. Este país tiene 2 millones de hectáreas sembradas de soya, de las cuales más de la mitad pertenecen a los llamados “brasiguayos”, como se les llama a las decenas de miles de hacendados grandes y medianos que han emigrado ilegalmente de Brasil. Violan la ley no solamente al asentarse ilegalmente en el país y establecer operaciones agrícolas comerciales sino también al sembrar transgénicos, que son ilegales en Paraguay.

Con el monocultivo de soya transgénica vinieron intensivas asperjaciones de glifosato, repitiendo así el cuadro de deforestación, contaminación y envenenamiento que se vive actualmente en Argentina.

Particularmente dramático es el caso de la colonia Ka’aty Mirî, un humilde poblado indígena de 16 familias en el departamento de San Pedro que está prácticamente rodeado de cultivos de soya. La Coordinadora Nacional de Organizaciones de Mujeres Trabajadoras Rurales e Indígenas (CONAMURI) denunció que en 2004 las asperjaciones de glifosato resultaron en la muerte de tres niños y han causado también entre sus habitantes problemas estomacales y pulmonares, dolor de cabeza y de garganta, diarrea y erupciones de la piel. Se han reportado también partos prematuros y bebés nacidos con diferentes enfermedades. La colonia también carece de acceso a agua limpia, ya que el riachuelo que usaban para obtener el líquido ahora está envenenado con glifosato.

En el boletín de la organización Rel-UITA se describe un recorrido a Ka’aty Mirî:

“A medida que avanzábamos hacia las colonias, el paisaje iba cambiando drásticamente. Ya casi no quedan bosques ni zonas arborizadas, sólo interminables hectáreas plantadas de soja transgénica. La oleaginosa se erguía en los patios traseros de las humildes viviendas campesinas, casi confundiéndose con los habitantes de las casas, como si formara parte natural de sus vidas, cuando en realidad resultan una `visita indeseada`.”

“Las pequeñas plantas (de algodón, mandioca y trigo) luchan por sobrevivir y no morir destruidas por el efecto altamente nocivo de los agrotóxicos, mientras que la oleaginosa goza de buena salud. Daba pena ver cómo una parte de las hojas del algodón estaban `quemadas`, marchitas y secas por la acción del veneno. Paralelamente, el crecimiento de las plantas de mandioca se detuvo y no pasan de los 10 o 15 centímetros, cuando lo normal por estas épocas es que sobrepasen los 35 centímetros, según comentaron los campesinos.”

Mexico: Inmigrantes ilegales del Norte

En México la invasión transgénica se está manifestando de un modo distinto. Desde 2001 se ha documentado la llegada subrepticia de maíz transgénico proveniente de Estados Unidos a los campos de cultivo. Los campesinos usaron muestras de este grano importado como semilla sin tener idea de lo que era, y ahora se está proliferando de manera agresiva y descontrolada, cruzándose con maíces nativos y criollos.

Sectores campesinos, ecologistas, progresistas, de sociedad civil y pueblos indígenas advierten que las consecuencias de esta contaminación genética para el ambiente, la salud humana y la alimentación mundial pueden ser nefastas.

En otros informes del IRC Américas se han reseñado los impactos del maíz transgénico en México y las respuestas de la sociedad civil.6 Aquí nos limitaremos a actualizar las informaciones:

* En diciembre de 2004 el senado mexicano aprobó una ley de bioseguridad que, al igual que la medida firmada por el presidente brasileño, es altamente favorable a la industria biotecnológica y legaliza la contaminación genética, según sectores de la sociedad civil mexicana.

El proyecto de ley “es una aberración, ya que no crea un marco de seguridad para la diversidad biológica, la soberanía alimentaria, los cultivos y plantas de los que México es centro de origen o diversidad, base del sustento y las culturas de campesinos e indígenas que los crearon; pero le ofrece seguridad a las cinco empresas trasnacionales que controlan los transgénicos a escala global, de los cuales Monsanto tiene 90 por ciento”, acusa Silvia Ribeiro, del Grupo de Acción sobre Erosión, Tecnología y Concentración.7

Los críticos denuncian también que el proyecto aprobado no prevé consultas públicas pero le otorga a las trasnacionales el derecho a apelar si no les aprueban solicitudes para sembrar transgénicos. Además exime a las compañías de cualquier responsabilidad por la contaminación genética que causen sus semillas. “No considera ni siquiera avisar a quienes podrían ser contaminados y, de hecho, responsabiliza a las víctimas al dejarlas sin resguardo”, según reporta la revista Biodiversidad, Sustento y Culturas.8

* En junio de 2004 la Comisión para la Cooperación Ambiental de Norteamérica, cuerpo creado por el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), produjo un informe científico sobre la contaminación del maíz mexicano. El informe, titulado “Maíz y Biodiversidad: Los Efectos del Maíz Transgénico en México”, propone fortalecer la moratoria a la siembra comercial de maíz transgénico en México y minimizar las importaciones estadounidenses del grano, además de establecer un sistema de monitoreo de los cultivos tradicionales y etiquetar el producto que sea genéticamente alterado.

También recomendó que se mejoren los métodos para detectar y monitorear qué tan avanzada está la contaminación genética del maíz y sus parientes silvestres; que el maíz estadounidense sea etiquetado, y que aquellos granos de los que no se pueda garantizar que estén libre de contaminación sean molidos para que no se utilicen como semilla.

Puerto Rico: Buen clima politico

Puerto Rico es uno de los sitios predilectos de la industria de la biotecnología para realizar sus experimentos con cultivos transgénicos. Según datos del Departamento de Agricultura de Estados Unidos, en la isla se realizaron 2,957 experimentos en la materia entre 1987 y 2002. Esta cifra la superan solamente los estados de Iowa (3,831), Illinois (4,104) y Hawaii (4,566).

Hay que considerar la enorme diferencia de tamaño: Illinois e Iowa tienen cada uno sobre 50 mil millas cuadradas mientras que Puerto Rico tiene menos de 4 mil.

Evidentemente la isla tiene más que cualquier estado de Estados Unidos, con la posible excepción de Hawaii. Los experimentos con transgénicos en Puerto Rico superan en número los realizados en California, que lleva 1,709 experimentos, aunque es 40 veces mayor que Puerto Rico y tiene una producción agrícola mucho mayor.

“Estos son experimentos al aire libre y sin control”, afirmó Bill Freese, del grupo ambientalista Amigos de la Tierra, comentando sobre la situación en Puerto Rico. “Estos rasgos transgénicos experimentales están casi sin duda contaminando los cultivos convencionales al igual que ya lo están haciendo los rasgos transgénicos ya comercializados. Y los cultivos transgénicos experimentales ni siquiera son sujetos al proceso superficial de sello de goma por el cual pasan los que son comerciales. Por eso es que pienso que la alta concentración de pruebas experimentales con cultivos genéticamente alterados en Puerto Rico es definitivamente causa de preocupación.”9

¿Por qué Puerto Rico? Varias respuestas a esta pregunta se ofrecieron en un simposio sobre biotecnología realizado en el pueblo de San Germán en 2002, organizado por el Servicio de Extensión Agrícola. Según reportó el periódico local Claridad, varios participantes en el simposio afirmaron que el amistoso clima tropical de la isla permite hasta cuatro cosechas al año, lo que la hace ideal para agrónomos y corporaciones de biotecnología como Dow, Syngenta, Pioneer y Monsanto. Estas cuatro empresas se unieron en 1996 para formar la Asociación de Investigación de Semillas de Puerto Rico.

Uno de los participantes dio una razón mucho más interesante: dijo que Puerto Rico tiene un “buen clima político”. La población general de la isla es ignorante de la existencia de cultivos y productos transgénicos, y eso probablemente abona el “buen clima político” al que aludió el presentador.

Resistencia y alternativas La resistencia contra la agricultura transgénica se está manifestando en casi todos los países de América Latina por parte de diversos sectores, desde pueblos indígenas que trabajan por preservar sus milenarias tradiciones agrícolas y proteger sus semillas de la contaminación genética, y sectores ecologistas que advierten sobre los impactos ambientales de los transgénicos y la agricultura industrial en general, hasta agricultores que procuran practicar un agro verdaderamente ecológico y organizaciones progresistas y movimientos populares de reforma agraria que se oponen al dominio de las transnacionales sobre la producción de alimentos. Estas voces de crítica y protesta están integradas al movimiento de oposición al Area de Libre Comercio de las Américas y a la agenda neoliberal.

La agricultura ecológica u orgánica se está perfilando como alternativa a los transgénicos y a todo el modelo agrícola de monocultivo industrial controlado por agroempresas transnacionales. Brasil en particular ha logrado hacerse de un lucrativo nicho en el comercio internacional de productos orgánicos tropicales, convirtiéndose en una verdadera potencia exportadora.

Las transnacionales del agronegocio y sus portavoces sostienen que la agricultura orgánica es perfectamente compatible con los cultivos transgénicos y que por lo tanto se pueden emplear ambos. Pero los productores orgánicos y oponentes de los transgénicos entienden que ambas modalidades agrícolas no pueden coexistir y que, a medida que crezca el monocultivo transgénico y la producción agroecológica, llegará el momento en que América Latina tendrá que escoger uno de los dos caminos.

Notas

Lilian Joensen and Stella Semino. ” Argentina`s torrid love affair with the soybean”. Seedling, October 2004. ver aqui.

Alberto J. Lapolla. “El monocultivo de soja transgénica amenaza gravemente la sostenibilidad del ecosistema agropecuario argentino”; Joensen and Semino.

Alberto J. Lapolla. “El monocultivo de soja transgénica: ¿Gran negocio o política de dominación colonial?”

David Jones. “Bienvenidos a la república de soya: testimonio de un periodista inglés en Argentina”. Boletín de la Red por una América Latina Libre de Transgénicos, ejemplares 94 y 95.

Ann Scholl y Facundo Arrizabalaga “La soja, un mal augurio” ver aqui.

Ramón Vera Herrera. “En defensa del maíz (y el futuro): Una autogestión invisible” ver aqui; Carmelo Ruiz Marrero. “La Biodiversidad en Peligro: La Contaminación Genética del Maíz Mexicano” ver aqui.

Silvia Ribeiro. “La ley Monsanto: parece mala pero es peor” La Jornada, 22 de enero 2005.

Revista Biodiversidad, Sustento y Culturas. “Sin nuestros maíces no somos pueblo”. Enero 2005. (unsigned article)

Bill Freese. Entrevista con Ruiz Marrero, junio 2004.

Carmelo Ruiz Marrero – Periodista y educador ambiental puertorriqueño. Es becado del programa de liderato ambiental, catedratico del instituto de ecologia social y fundador del proyecto de bioseguridad de Puerto Rico.

Recursos:

Rosalía Ciciolli. “La soja transgénica: origen de la ira y el dolor campesino”. Boletín de Rel-UITA, 10 de febrero de 2004.

Declaración del Foro de la Tierra y la Alimentación, segunda edición. Marzo 2004. “Del granero del mundo a la republiqueta sojera, Por qué estamos en contra del modelo transgénico”.

Grupo de Reflexión Rural. “El gatoverdismo empresario de la industria sojera”

Public Interest Research Group y Genetically Engineered Food Alert. “Raising Risk: Field Testing of Genetically Engineered Crops in the U.S.”

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