Existe un pueblo cuya lengua es de origen proto y liga el nombre propio Stan a una voz onomatopéyica que significa entender. Hacer un llamado a la solidaridad es impelente, tanto que nos permite mostrar generosidad a aquellos que han sufrido los embates y la inclemencia de la naturaleza. Generosidad limitada, como podría rezar un referéndum para la modificación de algún artículo de la Constitución.

     

Scritto da Marco Santizo

Generosidad que se limita a hacer gala del poder de asistencia, auxilio y socorro ante una catástrofe. Solidaridad de emergencia, por lo tanto temporal, como el mismo temporal que azota al país. Solidaridad para hacer limpieza en el armario y evacuar las palomitas de maíz guardadas con fecha próxima de vencimiento en la alacena. Asistencia selectiva de dependencia, con políticas emanadas desde la urbe para llevar un bocado al menesteroso. Auxilio, como la libertad condicionada, para erogar en inversiones sujetas a la conveniencia, control e intereses de quien acude al auxilio mismo.

Habrá comunicaciones por restablecer y otras que esperan desde siempre su establecimiento. Habrá caminos por rehabilitar y personas que caminarán como siempre salvando escombros burocráticos para la pavimentación y asfalto de ese camino aún por diseñar. Habrá proclamaciones de gratitud por la ayuda que estados extranjeros han brindado en la calamidad. Habrá silencios, incondicionales, que mantengan imperturbable la responsabilidad que concierne a las potencias que contaminan no sólo nuestro ambiente.

Pensé que la declaración del estado de emergencia y calamidad fuese más un acuse de dislexia y recompuse, ilusamente debo admitir, la frase para querer comprender la emergencia de un Estado ante su declarada calamidad. El minar no se circunscribe a un acto de la minería, es también la habilidad de un grupo o la perseverancia de personas capaces de frenar y condicionar la autodeterminación de los pueblos.

Se escuchan discursos acerca de la insensatez e irresponsabilidad de pueblos enteros asentados en las faldas de volcanes y montañas, en las riberas de ríos caudalosos y veras de barrancos; se murmura acerca de las causas que han llevado a dichos pueblos a colocarse, irremisiblemente, en situaciones de riesgo. De cualquier forma serán los pobres, otra vez, quienes tendrán la culpa de carecer de tierras mejores, de construcciones adecuadas, de instrucción y educación en la prevención de desastres. A ellos llegará una ayuda con el profundo deseo de perpetuar su condición. El sistema no puede más con ellos; es gente sin educación, analfabeta, sin aspiraciones y mantiene una economía informal. Está claro, no obstante, que sin ellos el sistema no podría más; es gente que forma las filas del personal de servicio, hace las tares más modestas y aquellas ligadas a las labores del campo. Otras veces mano de obra semi–especializada, en la construcción, maquila y otras áreas, gente que se limita a hacer rebozar la economía de aquellos que quizá por su vestimenta, chaqueta y corbata al cuello, la han de llamar formal.

Somos un pueblo solidario que no cuestiona la buena voluntad e intención de sus semejantes y en dicha categoría no excluye, por supuesto, a sus gobernantes. Somos un pueblo incapaz de dudar de la buena fe de las personas, aún cuando en algunos casos su comportamiento acuse especulación y en las altas esferas denote corrupción.

La conciencia puede y queda tranquila. El fin de semana ha sido vivido con la serenidad y mesura que exige la pena de grupos que viven en las afueras de la ciudad. Una velada con tanto de espectáculo deportivo, sin euforias ni grandes encabezados que desvíen la atención del problema central. Una mañana para presentarse, algunos de forma voluntaria y otros de manera conminada, en el pleno uso de las propias facultades para llevar un aporte, una colaboración o una ayuda que mitigue el sufrimiento de otros seres humanos. Dentro de unos meses, aprovechando la coyuntura, será necesaria una dosis de refuerzo, como una campaña de vacunación contra la sensatez. El heroísmo es un artículo suntuario de consumo en las metrópolis, un lujo que el homo de la pólis no debe considerar; realizar tal ejercicio sería reconocer las condiciones de miseria a las cuales han sido condenadas otras tantas zonas del país para que éste pueda disfrutar de un bienestar relativo y aparente. Para navidad en la urbe tal vez se estimule el ser gamonal, departiendo y compartiendo lo absolutamente inútil e innecesario. Nada de ver a futuro. Nada que obligue revisar políticas de educación, salud y asistencia social. Nada que menoscabe las partidas destinadas a proyectos de infraestructura y de cuyos proyectos han de salir algunas prebendas, concesiones o ganancias legalmente lícitas mas éticamente inaceptables.

La asistencia es incuestionable. Es una forma de paliar la adversidad, es el bastón que da soporte para seguir adelante. Lo que resulta inadmisible es la incapacidad de dar el salto cualitativo hacia la solidaridad que trasciende el haber para asumir la partida del deber. La solidaridad, como la empatía, parece jamás llegar al grado de reflexión, permaneciendo en la escala de lo emergente sin lograr colarse en las agendas bajo la consideración de lo prioritario. La solidaridad honra a quien la da y ejemplos abundan para percatarnos del acto generoso del desprendimiento. No faltará la persona sensible que se despojará de sus pocos recursos para compartirlos con el pueblo necesitado, de cuya categoría también forma parte. La solidaridad mantiene la dignidad de quien recibe la asistencia y colaboración porque recuerda que todas las personas estamos sujetas a la adversidad.

Otros personajes se harán ver, figurarán y se mostrarán al momento justo de rasgarse las vestiduras. Aparecerán en los medios subrayando el encomio y la benevolencia prodigada de manera grácil. Los mismos medios de comunicación agradecerán el maná que, como la lluvia, cae del cielo. Podrán desplegar sus servicios, para difundir las escenas de dolor, desolación y consternación sin el menor de los recatos y pudores. Se dirigirán a la escena del crimen, porque el abandonar un pueblo a su suerte merece tal calificativo, para constatar que la miseria es endémica y por lo tanto la exposición debe ser breve para evitar cualquier riesgo de contagio. Prevaricar es tan sólo el vocablo que encierra la lógica de quien socorre para luego correr detrás; es la acción que se abroga para recolectar y administrar los recursos dados y generados. Sigue siendo la forma de anotar “uno que te doy y otro que te apunto… son dos”.

Celebremos la credulidad de un pueblo que apuesta por un futuro mejor y que sueña su porvenir. Celebremos el crédito que brinda al dar por justas y buenas las cuentas que se le presentan; al creer con fe ciega que serán invertidos en su propio beneficio los impuestos por el Estado recaudados. Celebremos la convicción que de oficio, se seguirá y se auditará el desembolso de cada centavo a él destinado. Celebremos que aún sin el beneficio de la duda, por consiguiente con la certeza de participar, por omisión o comisión, en actos delictivos o de lesa humanidad no se menoscabará ni el estatus y tanto menos el buen nombre sobre quien recaen dichos hechos. Celebremos la honradez de quienes se desempeñan en el gobierno o el candor de aquellos que ingenua e ilusamente se asumen como parte del grupo, además de la élite, que se atribuye y arroga el creer, confiar e invertir en Guatemala.

Ciudad de Guatemala, 10 de octubre 2005.

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