La toma de Bavaria por SABMiller, empresa del grupo Altria, el mismo que controla a Philips Morris, no es ni el inicio ni el fin del proceso de desnacionalización de la economía colombiana. Desde 1990 también han pasado a manos extranjeras, entre otros, los bancos Ganadero y Bancoquia, el carbón y el gas de La Guajira, el petróleo de Caño Limón y el níquel de Cerromatoso, las cementeras Diamante y Samper, Caracol Radio, Coltabaco, Avianca y Tubos del Caribe.

     

Así mismo, es notorio el avance de los capitales foráneos en los fondos de pensiones y cesantías, en electricidad, acueductos, telecomunicaciones y salud, al igual que en el comercio, a través de los hipermercados.

La desnacionalización también incluye la sustitución del trabajo nacional por el extranjero, como lo muestra el gran incremento de las importaciones de bienes industriales y agrarios que se producían en Colombia. En el pasivo nacional igualmente suma que la deuda externa creció de menos de 17 mil millones a más de 40 mil millones de dólares. Y viene más de lo mismo, porque, según se sabe, la estrategia de cacaos y cacaítos ante la globalización neoliberal y el TLC consiste en hacer sus empresas más apetitosas a los ojos de las transnacionales, justamente lo que hizo Bavaria cuando compró monopolios cerveceros en Perú, Ecuador y Panamá y llevó su precio de venta a 7.800 millones de dólares.

En la estrategia de valorización de los activos de Bavaria han contado otras medidas que también explican por qué, a la par con la desnacionalización, ha crecido la pobreza. ¿En cuánto se valorizó la cervecera por la decisión oficial de acabar con la producción de cebada en Colombia, y rematarla mediante el acuerdo con Mercosur y el TLC, arruinando a los campesinos que la cultivaban? ¿En cuánto por las dos reformas laborales de Uribe Vélez, la que tramitó como Senador y la que decidió como Presidente? ¿En cuánto por la destrucción del sindicato? ¿En cuánto por haber mantenido bajo control el IVA a la cerveza y haberse beneficiado de la exenciones tributarias a sus inversiones? ¿En cuánto por la ley de garantías a los inversionistas? ¿Y en cuánto por la decisión presidencial de acabar con el gravamen del siete por ciento que deben pagar las transnacionales que envíen sus utilidades al exterior? Acierta Fabio Echeverri, el asesor presidencial, cuando afirma que “(los ricos) son los primeros y más altamente beneficiados con los resultados de la gestión del gobierno”, siempre y cuando se entienda que se refiere a los monopolistas y, especialmente, a los extranjeros.

Y si la felicidad del pueblo colombiano vendrá, como dicen los neoliberales, de no ponerle límites a la desnacionalización en marcha, ¿cómo explicar que cuanto más invierten los extranjeros, cuanto más se les compra y más se les debe, mayores son los sufrimientos de tantos? Los daños de importar lo poco que Colombia está en capacidad de producir son fáciles de entender, al igual que lo pernicioso de endeudarse con altas tasas de interés y sobre todo con condicionamientos que atentan hasta contra la posibilidad de crear riqueza. Y los inversionistas foráneos exigen, para traer sus capitales, ganar más que lo que ganarían en sus lugares de origen, lo que logran cuando les transfieren, por norma a menos precio, el patrimonio nacional, les aseguran impuestos bajos o inexistentes y les garantizan su principal objetivo: mano de obra barata, bien barata, todo lo cual conspira contra el auténtico progreso nacional.

Como un aspecto negativo obvio de la desnacionalización de las empresas debe saberse que estas cada vez sacan más riquezas del país, como lo ilustra que en 2004 exportaron 2.337 millones de dólares, sin contar pagos de deuda. Y como los países solo progresan cuando acumulan riqueza internamente, dolarductos como este, llevando cada vez más plata al exterior, mantendrán a Colombia en el atraso.

¿De lo dicho se deduce que Colombia no debe tener tratos con los extranjeros? Por supuesto que no. Pero sí se concluye que no puede diseñarse una política correcta al respecto si quienes la modelan establecen una sinonimia imposible entre nacional y extranjero, si presuponen una absoluta identidad de intereses entre lo propio y lo foráneo y si, en especial, se niegan a aceptar que país al que le desnacionalizan su economía también pierde el derecho a decidir de manera soberana sobre sus asuntos, el bien más preciado de cualquier nación. Porque, así lo callen, el capitalismo significa una competencia feroz entre los individuos y entre los países, competencia que puede hasta generar procesos de recolonización imperialista.

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