“La inmigración tiene nombre y rostro”, es una serie de ocho reportajes sobre la migración de mujeres de diferentes edades, profesiones y que han llegado en diferentes momentos a España. Su autora, la periodista Fabiola Calvo, relata en uno de ellos la historia de Juana María, una descendiente maya explotada por un militar, ex presidente de Venezuela.

     

Juana María Chigüichón Ruiz, una guatemalteca descendiente maya, llegó a Madrid en 1976, cuando apenas tenía 17 años, entusiasmada por las maravillas que le pintaba la dueña de una cervecera, consuegra de un general ex presidente de Venezuela.

Y a Juana, Juanita en su entorno, le compraron el pasaje para España y ¡cómo no! la afiliaron a la seguridad social, pero, “a mí nunca me dieron a firmar contrato y me quitaron el pasaporte”.

Juana María iniciaba sus labores a las siete de la mañana porque la casa del general debía estar siempre reluciente, “todo a la hora indicada y nosotras dispuestas para cuando nos necesitaran. Para eso tenían a diez mujeres de Guatemala”.

EL GENERAL

Juana se sentía humillada, querían obligarla a saludar como si estuviese en un cuartel del ejército: ¡Buenos días, mi general! Se negó. “Yo saludaba, pero como puede hacerse con cualquier persona, con respeto”, dice quedamente, como si fuese la reacción contraria en medio del recuerdo.

Marcos Pérez Jiménez –el general–, con el grado de teniente coronel, participó en 1948 en un golpe que derrocó al presidente Rómulo Gallegos en Venezuela. Entró a formar parte de la Junta militar y en 1952 se posesionó como presidente.

Quiso seguir hasta 1963, pero fue derrocado por otro golpe en 1958. Extraditado de Estados Unidos, fue juzgado en Venezuela. Una vez que cumplió su condena se marchó a España.

Juana Chigüichón no sabía a casa de quién iba a trabajar y una vez en ella, no podía entender tanto lujo. Ella venía de una situación con muchas dificultades económicas, pero “teníamos rancho para vivir y comida”, enfatiza elevando el tono de voz, dejando percibir una personalidad fuerte y decidida.

LA DURA JORNADA

Más de doce horas diarias de trabajo por cien dólares, mientras que en otras residencias pagaban 400. Era obligatorio usar un vestido negro con un delantal blanco, una gorra y zapatos de tela.

“Recuerdo que un día se me mojaron los zapatos y Flor, la mujer del general, me obligó a ponérmelos porque su casa no era un rancho, luego el mayordomo me llamó a su despacho, me trató con gritos e insultos. Me dejó mucho más trabajo para el día siguiente. Lloré mucho, ese hombre me trató muy mal”, dice Juana que se incorpora, deja la silla y permite observar su pequeña figura adornada con un cabello largo y negro.

El mayordomo no daba tregua y trataba con desprecio a todas las empleadas. “Nos repetía el respeto que debíamos tener con el general y la señora. Acatarlos y no responderles nunca”.

Juana comenta que mientras trabajaban no podían parar. “Ese hombre siempre estaba pendiente de los horarios. A mí me tocaba toda la mañana limpiar baños –que ya ni recuerdo cuántos eran– organizar las camas y limpiar cristales”.

“Parábamos para comer pero inmediatamente me levaba los dientes y seguía con la limpieza de la piscina, el gimnasio, la peluquería y la galería de tiro. Después de las nueve de la noche subía aguas a las habitaciones, dejaba listo los pijamas y las camas para dormir”.

EL DESCANSO

“Un domingo cada 15 días salía en la mañana y regresaba en la tarde, ese era nuestro tiempo de descanso. Antes, me obligaban a asistir a la misa en la iglesia que estaba al lado de la casa”.

“Impedían por todos los medios que las empleadas tuviésemos amigos españoles. El mayordomo nos daba información falsa para que no fuésemos a discotecas, sitio donde podíamos conocerlos”.

Parecía que todo el personal estuviese preparado para que ellas se mantuviesen aisladas. “El chofer tampoco nos daba información porque le deba temor de los jefes, así que yo me decidí, busque información y fui a la embajada”.

El consulado tomó cartas en el asunto, exigió explicación a Flor, la mujer del general. “La mujer enfureció, me amenazó con la expulsión. No quería que yo me quedara en España porque era ella quien me había traído. Le pedí el pasaje para marcharme y se negó”.

A los dos años de trabajo en casa del general, Juana la abandonó a las cinco de la mañana para evitar los insultos de sus compañeras de trabajo, que no veían bien su comportamiento.

NUEVO TRABAJO Y BODA

Se marchó a otra casa con contrato, era el resultado de sus pesquisas los domingos que salía. Guarda un buen recuerdo de ese lugar.

Conoció en ese entonces en una discoteca a José, un español con quien se casó a los tres años de iniciar relación. “Me aterraba casarme porque pensaba que nunca más volvería a Guatemala. Me tardé tres años para decir que sí. También me daba miedo ser rechazada por su familia. Me decidí y viajé a mi país para pedir la bendición de mis padres”.

Juana continúo trabajando porque “no necesitaba un hombre que me mantuviese”.

Hace cinco años José murió y afloraron con crudeza en la familia de él y de mucha gente los sentimientos racistas. Para muchos es ¡una india! o ¡una negra! Dicho con menosprecio.

Ha enseñado a su único hijo a llevar con orgullo su origen maya. Con sus 15 años está dedicado a estudiar y ella trabaja como autónoma (trabajo independiente) en una tienda de ropa como costurera.

Fabiola Calvo, CIMAC-Madrid, 06.06.2005

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