Los
feminicidios de Ciudad Juárez
Territorio,
soberanía y crímenes de segundo estado
de Rita Laura Segato
Ciudad Juárez, estado de Chihuahua,
frontera Norte de México con El Paso, Texas, es un lugar emblemático del
sufrimiento de las mujeres. Allí, más que en cualquier otro lugar, se vuelve
real el lema “cuerpo de mujer: peligro de muerte”.
Ciudad Juárez es también,
significativamente, un lugar emblemático de la globalización económica y del
neo-liberalismo, con su hambre insaciable de ganancia. La sombra siniestra que
cubre la ciudad y el miedo constante que sentí durante cada día y cada noche de
la semana que allí estuve me acompañan hasta hoy, más de un mes después de mi
regreso al Brasil. Allí se muestra la relación directa que existe entre capital
y muerte, entre acumulación y concentración desreguladas y el sacrificio de
mujeres pobres, morenas, mestizas, devoradas por la hendija donde se articulan
economía monetaria y economía simbólica, control de recursos y poder de muerte.
Fui invitada a ir a Ciudad Juárez
durante el mes de julio de 2004 porque el año anterior dos mujeres de las
organizaciones mexicanas Epikeia y Nuestras Hijas de Regreso a Casa
me habían oído formular lo que me pareció ser la única hipótesis viable para
los enigmáticos crímenes que asolaban la ciudad - unas muertes de mujeres de
tipo físico semejante que, siendo desproporcionalmente numerosas y continuas a
lo largo de ahora once años, perpetradas con excesos de crueldad, con evidencia
de violaciones tumultuarias y torturas, se presentaban como ininteligibles.
El compromiso inicial de nueve días para
participar de un foro sobre los feminicidios de Juárez fue interrumpido por una
serie de acontecimientos que culminaron, en el sexto día, con la caída de la
señal de televisión de cable en la ciudad entera cuando comencé a exponer mi
interpretación de los crímenes en una entrevista con el periodista Jaime Pérez
Mendoza del canal 5 local. La atemorizante precisión cronométrica con que
coincidieron la caída de la señal y la primera palabra con que iría a dar
inicio a mi respuesta sobre el por qué de los crímenes hizo que decidiéramos
partir, dejando Ciudad Juárez la mañana siguiente para preservarnos y como
protesta por la censura sufrida. Cuál no sería nuestra impresión al percibir
que todos aquéllos con quienes hablamos confirmaron que la decisión de irnos de
inmediato era sensata.
No olvidábamos que en Ciudad Juárez no
parece haber coincidencias fortuitas y, tal como intentaré argumentar, todo
parece formar parte de una gran máquina comunicativa cuyos mensajes se vuelven
inteligibles solamente para quien, por una o otra razón, se adentró en el
código. Es por eso que el primer problema que los horrendos crímenes de Ciudad
Juárez presentan al forastero, a las audiencias distantes, es un problema de
inteligibilidad. Y es justamente en su ininteligibilidad que los asesinos se
refugian, como en un tenebroso código de guerra, un argot compuesto
enteramente de acting outs.
Solamente para dar un ejemplo de esta
lógica de la significación, la periodista Graciela Atencio, del diario La
Jornada de Ciudad de México, también se preguntó, en una de sus notas sobre
las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez, si habría sido algo más que
coincidencia que justamente el día 16 de agosto de 2003, cuando su periódico
publicaba por primera vez la noticia de un revelador “informe del FBI que
describía un posible modus operandi en el secuestro y desaparición de
jóvenes”, problemas de correo impidieron su distribución en Ciudad Juárez.
Desafortunadamente, no había sido esa la
única coincidencia que se nos ocurrió significativa durante nuestra estadía en
la ciudad. El lunes 26 de julio, después de haber concluído mi primera
exposición, a medio camino de la extensión total del foro que nos reunía y
exactamente cuatro meses después del hallazgo del último cuerpo, apareció el
cadáver de la obrera de maquiladora Alma Brisa Molina Baca. Ahorro aquí el
relato de la cantidad de irregularidades cometidas por los investigadores y por
la prensa local en torno de los restos de Alma Brisa. Era, sin cualquier
exageración, ver-para-creer; estar allí para ser testigo de lo inconcebible, lo
increíble. Pero hago notar, sí, que el cuerpo aparecía en el mismo terreno
baldío del centro de la ciudad donde el año anterior fuera encontrada otra
víctima. Esa otra víctima era la hija asesinada – todavía niña – de la madre
que precisamente habíamos entrevistado la víspera, 25 de julio, en el sombrío
barrio de Lomas de Poleo, asentado en el desierto inclemente que atraviesa la
frontera entre Chihuahua y el estado de Nuevo México, en el país vecino. Los comentarios generales también
apuntaban al hecho de que el año pasado, justamente coincidiendo con la
intervención federal en el Estado de Chihuahua ordenada por el presidente Fox,
otro cuerpo había sido hallado. Las cartas estaban dadas. El siniestro
“diálogo” parecía confirmar que estábamos dentro del código y que la huella que
seguíamos llevaba a destino.
Ese es el camino interpretativo que
deseo exponer aquí y, también, lo que estaba por comenzar a decir cuando la
señal de la televisión de cable cayó, en la madrugada del viernes 30 de julio
de 2004. Se trata, justamente, de la relación entre las muertes, los ilícitos
resultantes del neoliberalismo feroz que se globalizó en las márgenes de la Gran
Frontera después del NAFTA y la acumulación desregulada que se concentró en las
manos de algunas familias de Ciudad Juárez. De hecho, lo que más impresiona
cuando se le toma el pulso a Ciudad Juárez es la vehemencia con que la opinión
pública rechaza uno a uno los nombres que las fuerzas públicas presentan como
presuntos culpables. Da la impresión de que la gente, a pesar de desnorteada,
desea mirar en otra dirección, espera que la policía dirija sus sospechas hacia
el otro lado, hacia los barrios ricos de la ciudad.
El tráfico ilegal de todo tipo de lucro
hacia el otro lado incluye las mercancías producidas por el trabajo
extorsionado a las obreras de las maquiladoras, el valor excedente que la
plusvalía extraída de ese trabajo agrega, además de drogas, cuerpos y, en fin,
la suma de los cuantiosos capitales que estos negocios generan al sur del
paraíso. Su tránsito ilícito se asemeja a un proceso de devolución constante a
un tributador injusto, voraz e insaciable que, sin embargo, esconde su demanda
y se desentiende de la seducción que ejerce. La frontera entre la
miseria-del-exceso y la miseria-de-la-falta es un abismo.
Existen dos cosas que en Ciudad Juárez
pueden ser dichas sin riesgo y que, además, todo el mundo dice – la policía, la
Procuraduría General del República, la Fiscal especial, el Comisionado de los
derechos humanos, la prensa y las activistas de las ONG: una de ellas es que
“la responsabilidad por los crímenes es de los narcos”, remitiéndonos a
un sujeto con aspecto de malhechor y reafirmando nuestro terror a los márgenes
de la vida social. La otra es que “se trata de crímenes con móvil sexual”. El
diario del martes, un día después del hallazgo del cuerpo de Alma Brisa,
repetía: “un crimen más con móvil sexual”, y la Fiscal especial subrayaba: “es
muy difícil conseguir reducir los crímenes sexuales”, confundiendo una vez más
las evidencias y desorientando al público al conducir su raciocinio por un
camino que creo que es equivocado.
Es de esta forma que autoridades y
formadores de opinión, aunque pretenden hablar en nombre de la ley y los
derechos, estimulan una percepción indiscriminada de la cantidad de crímenes
misóginos que ocurren en esta localidad como en cualquier otra de México, de
Centroamérica y del mundo: crímenes pasionales, violencia doméstica, abuso
sexual, violaciones a manos de agresores seriales, crímenes por deudas de
tráfico, tráfico de mujeres, crímenes de pornografía virtual, tráfico de
órganos, etc. Entiendo esa voluntad de indistinción, así como también la
permisividad y naturalidad con que en Ciudad Juárez se perciben todos los
crímenes contra las mujeres, como un smoke-screen, una cortina de humo
cuya consecuencia es impedir ver claro un núcleo central que presenta
características particulares y semejantes.
Es como si círculos concéntricos
formados por una variedad de agresiones ocultasen en su interior un tipo de
crimen particular, no necesariamente el más numeroso pero sí el más enigmático
por sus características precisas, casi burocráticas: secuestro de mujeres jóvenes
con un tipo físico definido y en su mayoría trabajadoras o estudiantes,
privación de la libertad por algunos días, torturas, violación “tumultuaria” -
como declaró en el foro el ex–jefe de peritos de la Procuraduría de Cd. Juárez
Oscar Máynez más de una vez -, mutilación, estrangulamiento, muerte segura,
mezcla o extravío de pistas y evidencias por parte de las fuerzas de la ley,
amenazas y atentados contra abogados y periodistas, presión deliberada de las
autoridades para culpabilizar a chivos expiatorios a las claras inocentes, y
continuidad ininterrumpida de los crímenes desde 1993 hasta hoy. A esta lista
se suma el hecho de que nunca ningún acusado resultó verosímil para la
comunidad y ninguna “línea de investigación” mostró resultados.
La impunidad, a lo largo de los ahora
once años, se revela espantosa, y puede ser descrita en tres aspectos: 1.
Ausencia de acusados convincentes para la opinión pública; 2. Ausencia de
líneas de investigación consistentes; y 3. La consecuencia de las dos anteriores:
el círculo de repetición sin fin de este tipo de crímenes.
Por otro lado, dos valientes periodistas
de investigación, Diana Washington – que prepara un libro sobre las mujeres
asesinadas en Ciudad Juárez - y Sergio González Rodríguez – autor
de Huesos en el Desierto (golpeado y dejado por muerto en una
calle de la ciudad de México hace cuatro años, cuando se encontraba en plena
investigación para su libro, lo que le causó la pérdida de todos los dientes y
lo obligó a permanecer un mes hospitalizado), recogieron numerosos datos que la
policía descartó a lo largo de los años y llegaron a una lista de lugares y
personas que tienen, de una forma u otra, relación con las desapariciones y los
asesinatos de mujeres.
Conversé con Diana Washington en dos
oportunidades del otro lado de la frontera (pues la FBI no le permite cruzar el
puente sin escolta) y leí el libro de Sergio González. Lo que emerge es que
personas “de bien”, grandes propietarios, están vinculados con las muertes.
Falta, sin embargo, un eslabón crucial: ¿qué lleva a estos respetados jefes de
familia exitosos en las finanzas a implicarse en crímenes macabros y, por lo
que todo indica, cometidos colectivamente? ¿Cuál sería el vínculo plausible
entre estos señores y los secuestros y violaciones tumultuarias que permitiría
indiciarlos y llevarlos a proceso? Falta ahí una razón. Y es justamente aquí,
en la búsqueda de esta razón, que la idea de la que tanto se abusa del “móvil
sexual” resulta insuficiente.
Nuevas tipificaciones y un refinamiento
de las definiciones se hacen necesarios para que sea posible comprender la
especificidad de un número restringido de las muertes de Juárez, y es necesario
formular nuevas categorías jurídicas. Especialmente, es necesario decir lo que
parece obvio: que ningún crimen realizado por marginales comunes se prolonga
por tanto tiempo en total impunidad, y que ninguna policía seria habla con
tamaña liviandad de lo que, en general, es producto de una larga investigación:
el móvil, el motivo, la razón de un crimen. Esas verdades elementales causaron
estremecimiento en Ciudad Juárez y resultaron impronunciables.
La ciencia y la vida
Algún tiempo antes de oír hablar de
Ciudad Juárez por primera vez, entre los años 1993 y 1995, conduje una
investigación sobre la mentalidad de los condenados por violación presos en la
penitenciaria de Brasilia. Mi “escucha” de lo dicho por estos
presidiarios, todos ellos condenados por ataques sexuales realizados en el
anonimato de las calles y a víctimas desconocidas, respalda la tesis feminista
fundamental de que los crímenes sexuales no son obra de desviados individuales,
enfermos mentales o anomalías sociales, sino expresiones de una estructura
simbólica profunda que organiza nuestros actos y nuestras fantasías y les
confiere inteligibilidad. En otras palabras: el agresor y la colectividad
comparten el imaginario de género, hablan el mismo lenguaje, pueden entenderse.
Emerge de las entrevistas con más fuerza
que nunca lo que Menacher Amin ya había descubierto en los datos empíricos y su
análisis cuantitativo: que, contrariando nuestras
expectativas, los violadores, las más de las veces, no actúan en soledad, no
son animales asociales que acechan a sus víctimas como cazadores solitarios,
sino que lo hacen en compañía. No hay palabras suficientes para enfatizar la
importancia de ese hallazgo y sus consecuencias para entender las violaciones
como verdaderos actos que acontecen in societate, es decir, en un nicho
de comunicación que puede ser penetrado y entendido.
Uso y abuso del cuerpo del otro sin que
éste participe con intención o voluntad compatibles, la violación se dirige al
aniquilamiento de la voluntad de la víctima, cuya reducción es justamente
significada por la pérdida del control sobre el comportamiento de su cuerpo y
el agenciamiento del mismo por la voluntad del agresor. La víctima es
expropiada del control sobre su espacio-cuerpo. Es por eso que podría decirse
que la violación es el acto alegórico por excelencia de la definición
schmittiana de la soberanía - control legislador sobre un territorio y
sobre el cuerpo del otro como anexo a ese territorio. Control irrestricto,
voluntad soberana arbitraria y discrecional cuya condición de posibilidad es el
aniquilamiento de atribuciones equivalentes en los otros y, sobre todo, la
erradicación de la potencia de éstos como índices de alteridad o subjetividad
alternativa. En ese sentido, también este acto está vinculado a la consumición
del otro, a un canibalismo mediante el cual el otro perece como voluntad
autónoma y su oportunidad de existir solamente persiste si es apropiada e
incluída en el cuerpo de quien lo ha devorado. Su resto de existencia persiste
sólo como parte del proyecto del dominador.
¿Por qué la violación obtiene ese
significado? Porque debido a la función de la sexualidad en el mundo que
conocemos, ella conjuga en un acto único la dominación física y moral del otro.
Y no existe poder soberano que sea solamente físico. Sin la subordinación
psicológica y moral del otro lo único que existe es poder de muerte, y el poder
de muerte, por sí solo, no es soberanía. La soberanía completa es, en su fase
más extrema, la de “hacer vivir o dejar morir”. Sin dominio de la vida en cuanto vida,
la dominación no puede completarse. Es por esto que una guerra que resulte en
exterminio no constituye victoria, porque solamente el poder de colonización
permite la exhibición del poder de muerte ante los destinados a permanecer
vivos. El trazo por excelencia de la soberanía no es el poder de muerte sobre
el subyugado, sino su derrota psicológica y moral, y su transformación en
audiencia receptora de la exhibición del poder de muerte discrecional del
dominador.
Es por su calidad de violencia expresiva
más que instrumental – violencia cuya finalidad es la expresión del control
absoluto de una voluntad sobre otra – que la agresión más próxima a la
violación es la tortura, física o moral. Expresar que se tiene en las manos la
voluntad del otro es el telos o finalidad de la violencia expresiva.
Dominio, soberanía y control son su universo de significación. Cabe recordar
que estas últimas, sin embargo, son capacidades que sólo pueden ser ejercidas
frente a una comunidad de vivos y, por lo tanto, tienen más afinidad con la
idea de colonización que con la idea de exterminio. En un régimen de soberanía,
algunos están destinados a la muerte para que en su cuerpo el poder soberano
grabe su marca; en este sentido, la muerte de estos elegidos para representar
el drama de la dominación es una muerte expresiva, no una muerte utilitaria.
Es necesario todavía entender que toda
violencia, aun aquélla en la cual domina la función instrumental como, por
ejemplo, la que tiene por objetivo apropiarse de lo ajeno, incluye una
dimensión expresiva, y en este sentido se puede decir lo que cualquier
detective sabe: que todo acto de violencia, como un gesto discursivo, lleva una
firma. Y es en esta firma que se conoce la presencia reiterada de un sujeto por
detrás de un acto. Cualquier detective sabe que, si reconocemos lo que se
repite en una serie de crímenes, podremos identificar la firma – el perfil, la
presencia de un sujeto reconocible por detrás del acto. El modus operandi de
un agresor es nada más y nada menos que la marca de un estilo en
diversas alocuciones. Identificar el estilo de un acto violento como se
identifica el estilo de un texto nos llevará al perpetrador, en su papel de
autor. En este sentido, la firma no es una consecuencia de la deliberación, de
la voluntad, sino una consecuencia del propio automatismo de la enunciación: la
huella reconocible de un sujeto, de su posición y de sus intereses, en lo que
dice, en lo que expresa en palabra o acto.
Si la violación es, como afirmo, un
enunciado, se dirige necesariamente a uno o varios interlocutores que se
encuentran físicamente en la escena o presentes en el paisaje mental del sujeto
de la enunciación. Sucede que el violador emite sus mensajes a lo largo de dos
ejes de interlocución y no solamente de uno, como generalmente se considera,
pensándose exclusivamente en su interacción con la víctima.
En el eje vertical, él habla, sí, a la
víctima, y su discurso adquiere un cariz punitivo y el agresor un perfil de
moralizador, de paladín de la moral social porque, en ese imaginario
compartido, el destino de la mujer es ser contenida, censurada, disciplinada,
reducida, por el gesto violento de quien reencarna, por medio de este acto, la
función soberana.
Pero es posiblemente el descubrimiento
de un eje horizontal de interlocución el aporte más interesante de mi
investigación entre los presidiarios de Brasilia. Aquí, el agresor se dirige a
sus pares, y lo hace de varias formas: les solicita ingreso en su sociedad y,
desde esta perspectiva, la mujer violada se comporta como una víctima
sacrificial inmolada en un ritual iniciático; compite con ellos, mostrando que
merece, por su agresividad y poder de muerte, ocupar un lugar en la hermandad
viril y hasta adquirir una posición destacada en una fratría que sólo reconoce
un lenguaje jerárquico y una organización piramidal.
Esto es así porque en el larguísimo tiempo
de la historia del género, tan largo que se confunde con la historia de la
especie, la producción de la masculinidad obedece a procesos diferentes a los
de la producción de femineidad. Evidencias en una perspectiva transcultural
indican que la masculinidad es un status condicionado a su obtención – que debe
ser reconfirmada con una cierta regularidad a lo largo de la vida - mediante un
proceso de probación o conquista y, sobre todo, supeditado a la exacción de
tributos de un otro que, por su posición naturalizada en este orden de status,
es percibido como el proveedor del repertorio de gestos que alimentan la
virilidad. Ese otro, en el mismo acto en que hace entrega del tributo
instaurador, produce su propia exclusión de la casta que consagra. En otras
palabras, para que un sujeto adquiera su estatus masculino, como un título,
como un grado, es necesario que otro sujeto no lo tenga pero que se lo otorgue
a lo largo de un proceso persuasivo o impositivo que puede ser eficientemente
descrito como tributación. En condiciones socio-políticamente
“normales” del orden de estatus, nosotras, las mujeres, somos las dadoras del
tributo; ellos, los receptores y beneficiarios. Y la estructura que los
relaciona establece un orden simbólico marcado por la desigualdad que se
encuentra presente y organiza todas las otras escenas de la vida social regidas
por la asimetría de una ley de estatus.
En síntesis, de acuerdo con este modelo,
el crimen de estupro resulta de un mandato que emana de la estructura de género
y garantiza, en determinados casos, el tributo que acredita el acceso de cada
nuevo miembro a la cofradía viril. Y se me ocurre que el cruce tenso entre sus
dos coordenadas, la vertical, de consumición de la víctima, y la horizontal,
condicionada a la obtención del tributo, es capaz de iluminar aspectos
fundamentales del largo y establecido ciclo de los feminicidios de Ciudad
Juárez. De hecho, lo que me llevó a Ciudad Juárez es que mi modelo
interpretativo de la violación es capaz de lanzar nueva luz sobre el enigma de
los feminicidios y permite organizar las piezas del rompecabezas haciendo
emerger un diseño reconocible.
Inspirada en este modelo que tiene en
cuenta y enfatiza el papel de la coordenada horizontal de interlocución entre
miembros de la fratría, tiendo a no entender los feminicidios de Juárez como
crímenes en los que el odio hacia la víctima es el factor predominante. No discuto que la misoginia, en el
sentido estricto de desprecio a la mujer, sea generalizada en el ambiente donde
los crímenes tienen lugar. Pero estoy convencida de que la víctima es el
desecho del proceso, una pieza descartable, y de que condicionamientos y
exigencias extremas para atravesar el umbral de la pertenencia al grupo de
pares se encuentran por detrás del enigma de Ciudad Juárez. Quienes dominan la
escena son los otros hombres y no la víctima, cuyo papel es ser consumida para
satisfacer la demanda del grupo de pares. Los interlocutores privilegiados en
esta escena son los iguales, sean éstos aliados o competidores: los miembros de
la fratría mafiosa, para garantizar la pertenencia y celebrar su pacto; los
antagonistas, para exhibir poder frente a los competidores en los negocios, las
autoridades locales, las autoridades federales, los activistas, académicos y
periodistas que osen inmiscuirse en el sagrado dominio, los parientes
subalternos - padres, hermanos, amigos- de las víctimas. Estas exigencias y
formas de exhibicionismo son características del régimen patriarcal en un orden
mafioso.
Los feminicidios de Ciudad Juárez: una apuesta criminológica
Presento aquí una lista con algunas
ideas que, combinadas, se constelan en una imagen posible del lugar, las
motivaciones, las finalidades, los significados, las ocasiones y las
condiciones de posibilidad de los feminicidios. Mi problema aquí es que la
exposición no puede más que ser hecha en forma de listado. Sin embargo, los
temas desplegados forman una esfera de sentido; no una sucesión lineal de ítems
sucesivos sino una unidad significativa: el mundo de Ciudad Juárez. Y es por
eso que no es preciso que los hechos formen parte de una conciencia discursiva
por parte de los autores, ya que son, fundamentalmente, acciones constitutivas
de su mundo. Hablar de causas y efectos no me parece adecuado. Hablar de un
universo de sentidos entrelazados y motivaciones inteligibles, sí.
El lugar - la Gran frontera
Frontera entre el exceso y la falta,
Norte y Sur, Marte y la Tierra, Ciudad Juárez no es un lugar alegre. Abriga
muchos llantos, muchos terrores.
Frontera que el dinero debe atravesar
para alcanzar la tierra firme donde el capital se encuentra, finalmente, a
salvo y da sus frutos en prestigio, seguridad, confort y salud. La frontera
detrás de la cual el capital se moraliza y se encuentran los bancos que valen
la pena.
La frontera con el país más controlado
del mundo, con sus rastreos de vigilancia cerrada y casi infalible. A partir de
ese punto, de esa línea en el desierto, cualquier negocio ilícito debe ser
ejecutado con un sigilo más estricto, en sociedades clandestinas más
cohesionadas y juradas que en cualquier otro lugar. El lacre de un silencio
riguroso es su requisito.
La frontera donde los grandes
empresarios viven de un lado y “trabajan” del otro; de la gran expansión y
valorización territorial – literalmente, terrenos robados al desierto cada día,
cada vez más cerca del Río Bravo.
La frontera del tráfico más lucrativo
del mundo: tráfico de drogas, tráfico de cuerpos. La frontera que separa una de
las manos de obra más caras del mundo de una de las manos de obra más baratas. Esa
frontera es el escenario del mayor y más prolongado número de ataques y
asesinatos de mujeres con modus operandi semejante de que se tiene
noticia en “tiempos de paz”.
Los propósitos
La evidencia de un larguísimo período de
inercia de la justicia en torno a los crímenes conduce inmediatamente nuestra
atención hacia el subtexto permanente de los mismos: los crímenes hablan de
impunidad. Impunidad es su gran tema y, por lo tanto, es la impunidad la puerta
de entrada para su desciframiento. Podría ser que, si bien el caldo de cultivo
para los asesinatos es el ambiente que acabo de describir, caracterizado por la
concentración de poder económico y político y, por lo tanto, con altos niveles
de privilegio y protección para algunos grupos, se me ocurre sin embargo que
nos equivocamos cuando pensamos en la impunidad exclusivamente como un factor causal.
Deseo proponer que los feminicidios de
Juárez se pueden comprender mejor si dejamos de pensarlos como consecuencia de
la impunidad e imaginamos que se comportan como productores y reproductores
de impunidad. Ésta fue mi primera hipótesis y es posible también que haya
sido el primer propósito de sus perpetradores en el tiempo: sellar, con la
complicidad colectivamente compartida en las ejecuciones horrendas, un pacto de
silencio capaz de garantizar la lealtad inviolable a cofradías mafiosas que
operan a través de la frontera más patrullada del mundo. Dar prueba, también,
de la capacidad de crueldad y poder de muerte que negocios de alta peligrosidad
requieren. El ritual sacrificial, violento y macabro, une a los miembros de la
mafia y vuelve su vínculo inviolable. La víctima sacrificial, parte de un
territorio dominado, es forzada a entregar el tributo de su cuerpo a la
cohesión y vitalidad del grupo y la mancha de su sangre define la esotérica
pertenencia al mismo por parte de sus asesinos. En otras palabras, más que una
causa, la impunidad puede ser entendida como un producto, el resultado de estos
crímenes, y los crímenes como un modo de producción y reproducción de la
impunidad: un pacto de sangre en la sangre de las víctimas.
En este sentido, es posible apuntar ya
aquí una diferencia fundamental entre este tipo de crimen y los crímenes de
género perpetrados en la intimidad del espacio doméstico, sobre víctimas que
pertenecen al círculo de relaciones de los abusadores – hijas, hijastras,
sobrinas, esposas, etc. Si al abrigo del espacio doméstico el hombre abusa de
las mujeres que se encuentran bajo su dependencia porque puede hacerlo,
es decir, porque éstas ya forman parte del territorio que controla, el agresor
que se apropia del cuerpo femenino en un espacio abierto, público, lo hace
porque debe para mostrar que puede. En uno, se trata de una constatación
de un dominio ya existente; en el otro, de una exhibición de capacidad de
dominio que debe ser reeditada con cierta regularidad y puede ser asociada a
los gestos rituales de renovación de los votos de virilidad. El poder está,
aquí, condicionado a una muestra pública dramatizada a menudo en un acto predatorio
del cuerpo femenino.
Pero la producción y la manutención de
la impunidad mediante el sello de un pacto de silencio en realidad no se
distinguen de lo que se podría describir como la exhibición de la impunidad. La
estrategia clásica del poder soberano para reproducirse como tal es divulgar e
incluso espectacularizar el hecho de que se encuentra más allá de la ley.
Podemos entender también de esta forma los crímenes de Ciudad Juárez y sugerir
que, si por un lado son capaces de sellar la alianza en el pacto mafioso, por
otro lado, también, cumplen con la función de ejemplaridad por medio de
la cual se refuerza el poder disciplinador de toda ley.
Esto es así porque en la capacidad de
secuestrar, torturar y matar reiterada e impunemente, el sujeto autor de estos
crímenes ostenta, más allá de cualquier duda, la cohesión, vitalidad y
control territorial de la red corporativa que comanda. Es evidente que la
continuidad de este tipo de crímenes por once años sin que su recurrencia sea
perturbada requiere recursos humanos y materiales cuantiosos que involucran:
control de una red de asociados extensa y leal, acceso a lugares de detención y
tortura, vehículos para el transporte de la víctima, acceso e influencia o
poder de intimidación o chantaje sobre los representantes del orden público en
todos sus niveles, incluso federal; acceso e influencia o poder de intimidación
o chantaje sobre los miembros del gobierno y la administración pública en todos
sus niveles, incluso federal. Lo que es importante notar es que, al mismo
tiempo que esta red de aliados es accionada por quien comanda los crímenes
corporativos de Ciudad Juárez, se exhibe su existencia, en franca ostentación
de un dominio totalitario de la localidad.
Los significados
Es precisamente al cumplir este último
papel que los asesinatos pasan a comportarse como un sistema de comunicación.
Si escuchamos con atención los mensajes que allí circulan, podremos acceder al
rostro del sujeto que en ellos habla. Solamente después de comprender lo que
dice, a quién y para qué, podremos localizar la posición desde la cual emite su
discurso. Es por eso mismo que debemos insistir en que, cada vez que el lema
del móvil sexual se repite con liviandad antes de analizar minuciosamente lo
“dicho” en estos actos de interlocución, perdemos la oportunidad de seguirle el
rastro a quien se esconde detrás del texto sangriento.
En otras palabras, los feminicidios son
mensajes emanados de un sujeto autor que sólo puede ser identificado,
localizado, perfilado, mediante una “escucha” rigurosa de estos crímenes
como actos comunicativos. Es en su discurso que encontramos al sujeto que
habla, es en su discurso que la realidad de este sujeto se inscribe como
identidad y subjetividad y, por lo tanto, se vuelve rastreable y reconocible.
Así mismo, en su enunciado, podemos encontrar el rastro de su interlocutor, su
impronta, como un negativo. Eso no es verdad solamente para los acting outs
violentos que la policía investiga, sino también para el discurso de cualquier
sujeto, como lo han explicado una variedad de filósofos y teóricos literarios
contemporáneos.
Si el acto violento es entendido como
mensaje y los crímenes se perciben orquestados en claro estilo responsorial,
nos encontramos con una escena donde los actos de violencia se comportan como
una lengua capaz de funcionar eficazmente para los entendidos, los avisados,
los que la hablan, aun cuando no participen directamente en la acción
enunciativa.
Es por eso que, cuando un sistema de
comunicación con un alfabeto violento se instala, es muy difícil desinstalarlo,
eliminarlo. La violencia constituida y cristalizada en forma de sistema de
comunicación se transforma en un lenguaje estable y pasa a comportarse con el
casi-automatismo de cualquier idioma. Preguntarse, en estos casos, por qué se
mata en un determinado lugar es semejante a preguntarse por qué se habla una
determinada lengua – el italiano en Italia, el portugués en Brasil. Un día,
cada una de esas lenguas se estableció por procesos históricos como conquista,
colonización, unificación de territorios bajo un mismo estado nacional o
migraciones. En ese sentido, las razones por las cuales hablamos una lengua son
arbitrarias y no pueden ser explicadas por una lógica necesaria. Son, por lo
tanto, también históricos los procesos por los cuales una lengua es abolida,
erradicada de un territorio. El problema de la violencia como lenguaje se
agrava aún más si consideramos que existen ciertas lenguas que, en determinadas
condiciones históricas, tienden a convertirse en lingua franca y generalizarse
más allá de las fronteras étnicas o nacionales que le sirvieron de nicho
originario.
Preguntamos entonces: ¿Quién habla aquí?
¿A quién? ¿Qué le dice? ¿Cuándo? ¿Cuál es la lengua del feminicidio? ¿Qué
significante es la violación?. Mi apuesta es que el autor de este crimen es un
sujeto que valoriza la ganancia y el control territorial por encima de todo,
incluso por encima de su propia felicidad personal. Un sujeto con su entourage
de vasallos que deja así absolutamente claro que Ciudad Juárez tiene dueños, y
que esos dueños matan mujeres para mostrar que lo son. El poder soberano no
se afirma si no es capaz de sembrar el terror.
Se dirige con esto a los otros hombres
de la comarca, a los tutores o responsables de la víctima en su círculo doméstico
y a quienes son responsables de su protección como representantes del Estado;
le habla a los hombres de las otras fratrías amigas y enemigas para demostrar
los recursos de todo tipo con que cuenta y la vitalidad de su red de
sustentación; le confirma a sus aliados y socios en los negocios que la
comunión y la lealtad de grupo continúa incólume. Les dice que su control sobre
el territorio es total, que su red de alianzas es cohesiva y confiable, y que
sus recursos y contactos son ilimitados.
Se pronuncia de esta forma cuando se
consolida una fratría; cuando se planea un negocio amenazado por el peligro del
ilícito en esta frontera patrullada; cuando se abren las puertas para algún
nuevo miembro; cuando otro grupo mafioso desafía el control sobre el territorio;
cuando hay intrusiones externas, inspecciones, en el coto totalitario de la
localidad.
La lengua del feminicidio utiliza el
significante cuerpo femenino para indicar la posición de lo que puede
ser sacrificado en aras de un bien mayor, de un bien colectivo, como es la
constitución de una fratría mafiosa. El cuerpo de mujer es el índice por
excelencia de la posición de quien rinde tributo, de víctima cuyo sacrificio y
consumición podrán más fácilmente ser absorbidos y naturalizados por la comunidad.
Es parte de este proceso de digestión la
acostumbrada doble victimación de la ya víctima, así como la doble y triple
victimación de su familia, representada las más de las veces por una madre
triste. Un mecanismo de defensa cognitiva casi incontrolable hace que, para
reducir la disonancia entre la lógica con que esperamos que la vida se comporte
y la manera en que se comporta en realidad, odiemos a quien encarna esa
inversión, esa infracción a la gramática de la sociabilidad. Ante la ausencia
definitiva de un agresor, alguien tiene que ser responsabilizado por la
desdicha colectiva así causada. Así como es común que el condenado recuerde a
su víctima con gran rencor por asociarla al desenlace de su destino y a la
pérdida de su libertad, de la misma forma la comunidad se sume más y más en una
espiral misógina que, a falta de un soporte más adecuado para deshacerse de su
malestar, le permite depositar en la propia víctima la culpa por la crueldad
con que fue tratada. Fácilmente optamos por reducir nuestro sufrimiento frente
a la injusticia intolerable testimoniada, aduciendo que “debe haber una razón”.
Así, las mujeres asesinadas de Ciudad Juárez se transforman rápidamente en
prostitutas, mentirosas, fiesteras, drogadictas y en todo aquello que pueda
liberarnos de la responsabilidad y la amargura que nos inocula depararnos con
su suerte injusta.
En la lengua del feminicidio cuerpo
femenino también significa territorio y su etimología es tan arcaica como sus
transformaciones son recientes. Ha sido constitutivo del lenguaje de las
guerras, tribales o modernas, que el cuerpo de la mujer se anexe como parte del
país conquistado. La sexualidad vertida sobre el mismo expresa el acto
domesticador, apropiador, cuando insemina el territorio-cuerpo de la mujer. Por
esto, la marca del control territorial de los señores de Ciudad Juárez puede
ser inscrita en el cuerpo de sus mujeres como parte o extensión del dominio
afirmado como propio.
La violación tumultuaria es, como en los
pactos de sangre, la mezcla de substancias corporales de todos los que en ella
participan; el acto de compartir la intimidad en su aspecto más feroz, de
exponer lo que se guarda con más celo. Como el corte voluntario del que aflora
la sangre, la violación es una publicación de la fantasía, la transgresión de
un límite, un gesto radicalmente comprometedor.
La violación, la dominación sexual,
tiene también como rasgo conjugar el control no solamente físico sino también
moral de la víctima y sus asociados. La reducción moral es un requisito para que
la dominación se consume y la sexualidad, en el mundo que conocemos, está
impregnada de moralidad.
¿Qué es, entonces, un feminicidio, en el
sentido que Ciudad Juárez le confiere a esta palabra? Es el asesinato de una
mujer genérica, de un tipo de mujer, sólo por ser mujer y por pertenecer
a este tipo, de la misma forma que el genocidio es una agresión genérica y
letal a todos aquellos que pertenecen al mismo grupo étnico, racial,
lingüístico, religioso o ideológico. Ambos crímenes se dirigen a una categoría,
no a un sujeto específico. Precisamente, este sujeto es despersonalizado como
sujeto porque se hace predominar en él la categoría a la cual pertenece sobre
sus rasgos individuales biográficos o de personalidad.
Pero hay, me parece, una diferencia entre
estos dos tipos de crímenes que debería ser mejor examinada y discutida. Si en
el genocidio la construcción retórica del odio al otro conduce la acción de su
eliminación, en el feminicidio la misoginia por detrás del acto es un
sentimiento más próximo al de los cazadores por su trofeo: se parece al
desprecio por su vida o a la convicción de que el único valor de esa vida
radica en su disponibilidad para la apropiación.
Los crímenes, así, parecerían hablar de
un verdadero Derecho de Pernada bestial de un Barón feudal y postmoderno
con su grupo de acólitos, como expresión por excelencia de su dominio
absolutista sobre un territorio, donde el derecho sobre el cuerpo de la mujer
es una extensión del derecho del señor sobre su gleba. Sin embargo, en el más que
terrible orden contemporáneo postmoderno, neoliberal, postestatal,
postdemocrático, el Barón se volvió capaz de controlar de forma casi
irrestricta su territorio como consecuencia de la acumulación descontrolada
característica de la región de expansión fronteriza, exacerbada por la
globalización de la economía y las reglas sueltas del mercado neoliberal en
vigencia. Su única fuerza reguladora radica en la codicia y en la potencia de
rapiña de sus competidores: los otros Barones del lugar. Microfascismos regionales
y su control totalitario de la provincia acompañan la decadencia del orden
nacional de este lado de la Gran Frontera y urgen, más que nunca, la aplicación
de formas de legalidad y control de cuño internacionalista.
La misteriosa muerte de las mujeres de
Ciudad Juárez puede ser la pista definitiva de que la descentralización, en un
contexto de desestatización y de neoliberalismo, no puede sino instalar un
totalitarismo de provincia, en una conjunción regresiva entre postmodernidad y
feudalismo, donde el cuerpo femenino vuelve a ser anexado al dominio
territorial.
Las condiciones de posibilidad
La extrema asimetría por la extracción
desregulada de ganancias por parte de un grupo es una condición crucial para
que se establezca un contexto de impunidad. Cuando la desigualdad de poderes es
tan extrema como en un régimen irrestricto neoliberal, no hay posibilidad real
de separar negocios lícitos de negocios ilícitos, ya que la desigualdad se
vuelve tan acentuada que permite el control territorial absoluto a nivel
subestatal por parte de algunos grupos y sus redes de sustentación y alianza.
Estas redes instalan, entonces, un verdadero totalitarismo de provincia y
pasan a demarcar y expresar sin ambigüedades el régimen de control vigente en
la región. Los crímenes de mujeres de Ciudad Juárez me parecen una forma de
significar ese tipo de dominio territorial.
Una característica fuerte de los
régimenes totalitarios es el encierro, la representación del espacio
totalitario como un universo sin lado de afuera, encapsulado y autosuficiente,
donde una estrategia de atrincheramiento por parte de las elites impide a los
habitantes acceder a una percepción diferente, exterior, alternativa, de la
realidad. Una retórica nacionalista que se afirma en una construcción
primordialista de la unidad nacional – como es el caso de la “mexicanidad” en
México, la “civilización tropical” en Brasil o el “ser nacional” en Argentina -
beneficia a los que detentan el control territorial y el monopolio de la voz
colectiva.
Estas metafísicas de la nación basadas
en un esencialismo antihistórico, por más populares y reivindicativas que
puedan presentarse, trabajan con los mismos procedimientos lógicos que
ampararon el nazismo. Este mismo tipo de ideología nacional puede ser también encontrado
en las regiones cuando una elite regional consolida su dominio sobre el espacio
y legitima sus privilegios en una ideología primordialista de la región, es
decir, trabajando su identificación con un grupo étnico o con una herencia de
civilización. Consignas nativistas poderosas presionan para la formación de un
sentimiento de lealtad a los emblemas de la unidad territorial con los cuales
la elite, por otro lado, diseña su heráldica. Cultura popular significa, en un
medio totalitario, cultura apropiada; pueblo son los habitantes del territorio
controlado; y autoridades son los dueños del discurso, la cultura tradicional,
la riqueza producida por el pueblo, y el territorio totalizado.
Como en el totalitarismo de nación, una
de las estrategias principales del totalitarismo de región es la de prevenir a
la colectividad contra cualquier discurso que pueda ser tildado de no
autóctono, no emanado y sellado por el compromiso de la lealtad interior.
“Extranjero” y “extraño en la comarca” son transformados en categorías de
acusación y se confisca la posibilidad de hablar “desde afuera”. Por lo tanto,
la retórica es la de un patrimonio cultural que ha de ser defendido por encima
de todo y la de una lealtad territorial que predomina y excluye otras lealtades
- como, por ejemplo, la del cumplimiento de la ley, la de la lucha por la
expansión de los derechos y la demanda de activismo y arbitraje internacional
para la protección de los derechos humanos. Es por esto que, si el “lado de
adentro” y el sitio mediático es la estrategia inequívoca de los líderes
totalitarios, el “lado de afuera” es siempre el punto de apoyo para la acción
en el campo de los derechos humanos.
En un ambiente totalitario, el valor más
martillado es el nosotros. El concepto de nosotros se vuelve defensivo,
atrincherado, patriótico, y quien lo infringe es acusado de traición. En este
tipo de patriotismo, la primera víctima son los otros interiores de la nación,
de la región, de la localidad – siempre las mujeres, los negros, los pueblos
originarios, los disidentes. Estos otros interiores son coaccionados para que
sacrifiquen, callen y posterguen su queja y el argumento de su diferencia en
nombre de la unidad sacralizada y esencializada de la colectividad.
Es blandiendo ese conjunto de representaciones
típicamente totalitarias – de un totalitarismo de provincia - que los medios de
comunicación juarenses descalifican uno a uno a los veedores foráneos. El
discurso de los medios, cuando se “escucha” el subtexto de la noticia, cuando
se lee entre líneas, es: es mejor un asesino propio, por más cruel que sea, que
un justiciero ajeno, aunque tenga razón. Esta conocida estrategia
propagandística elemental construye, todos los días, frente a cualquier amenaza
de la mirada exterior, la muralla totalitaria de Ciudad Juárez, y ha
contribuído, a lo largo de estos once años, a escamotear la verdad al pueblo y
a neutralizar las fuerzas de la ley que se resistan a una articulación
protética con los poderes locales.
Imposible no recordar Ciudad Juárez
cuando leemos Hannah Arendt:
Los movimientos totalitarios han sido
llamados de “sociedades secretas montadas a la luz del día”. Realmente,[...] la estructura de los
movimientos [...] nos recuerda en primer lugar ciertas características de esas
sociedades. Las sociedades secretas forman también jerarquías de acuerdo con el
grado de “iniciación”, regulan la vida de sus miembros según un presupuesto
secreto y ficticio que hace que cada cosa parezca ser otra diferente; adoptan
una estrategia de mentiras coherentes para engañar a las masas de afuera, no
iniciadas; exigen obediencia sin reservas por parte de sus miembros, cuya
cohesión se mantiene por la fidelidad a un líder frecuentemente desconocido y
siempre misterioso, rodeado, o supuestamente rodeado, por un pequeño círculo de
iniciados; y éstos, a su vez, son rodeados por semi-iniciados que constituyen
una especie de “amortiguador” contra el mundo profano y hostil. Los movimientos
totalitarios tienen todavía en común con las sociedades secretas la escisión
dicotómica del mundo entre “hermanos por pacto de sangre” y una masa indistinta
e inarticulada de enemigos jurados [...] distinción basada en la absoluta
hostilidad al mundo que los rodea. [...] Tal vez la más clara semejanza entre
las sociedades secretas y los movimientos totalitarios resida en la importancia
del ritual [...]. (Sin embargo), esa ideolatría no prueba la existencia de
tendencias seudoreligiosas o heréticas [...] son simples trucos
organizacionales, muy practicados en las sociedades secretas, que también
forzaban a sus miembros a guardar secreto por miedo y respeto a símbolos
truculentos. Las personas se unen más firmemente a través de la experiencia
compartida de un ritual secreto que por la simple admisión al conocimiento del
secreto”.
Pero ¿qué Estado es ése?, ¿qué liderazgo
es ése que produce el efecto de un totalitarismo regional? Es un segundo
Estado que necesita de un nombre. Un nombre que sirviera de base para la
categoría jurídica capaz de encuadrar en la ley a sus dueños y la red de
complicidad que controlan. Los feminicidios de Ciudad Juárez no son crímenes
comunes de género sino crímenes corporativos y, más específicamente, son
crímenes de segundo Estado, de Estado paralelo. Se asemejan más, por su
fenomenología, a los rituales que cimentan la unidad de sociedades secretas y
regímenes totalitarios. Comparten una característica idiosincrática de los
abusos del poder político: se presentan como crímenes sin sujeto personalizado
realizados sobre una víctima tampoco personalizada: un poder secreto abduce a
un tipo de mujer, victimizándola, para reafirmar y revitalizar su capacidad de
control. Por lo tanto, son más próximos a crímenes de Estado, crímenes
de lesa humanidad, donde el Estado paralelo que los produce no puede ser
encuadrado porque carecemos de categorías y procedimientos jurídicos eficientes
para enfrentarlo.
Es por eso que sería necesario crear
nuevas categorías jurídicas para encuadrarlos y tornarlos jurídicamente
inteligibles, clasificables: no son crímenes comunes, o sea, crímenes de género
de motivación sexual o de falta de entendimiento en el espacio doméstico, como
afirman frívolamente agentes de la ley, autoridades y activistas. Son crímenes
que podrían ser llamados de segundo Estado o crímenes de corporación,
en los que la dimensión expresiva de la violencia prevalece. Entiendo aquí
¨corporación¨ como el grupo o red que administra los recursos, derechos y
deberes propios de un Estado paralelo, establecido firmemente en la región y
con tentáculos en las cabeceras del país.
Si invirtiésemos los términos por un
momento y dijéramos que el telos o finalidad del capital y de
“los mandamientos de la capitalización” no es el proceso de acumulación, porque
eso significaría caer en una tautología (la finalidad de la acumulación es la
acumulación; la finalidad de la concentración es la concentración) y, por lo
tanto, estaríamos describiendo el ciclo cerrado de un fin en sí mismo; si en
lugar de eso dijésemos que la finalidad del capital es la producción de la
diferencia mediante la reproducción y ampliación progresiva de la jerarquía
hasta el punto del exterminio de algunos como expresión incontestable de su
éxito, concluiríamos que solamente la muerte de algunos es capaz de alegorizar
idóneamente y de forma autoevidente el lugar y la posición de todos los
dominados, del pueblo dominado, de la clase dominada. Es en la exclusión y su
significante por autonomasia: la capacidad de supresión del otro, que el
capital se consagra. ¿Y qué más emblemático del lugar de sometimiento que el
cuerpo de la mujer mestiza, de la mujer pobre, de la hija y hermana de los
otros que son pobres y mestizos? ¿Dónde podría significarse mejor la otredad
producida justamente para ser vencida? ¿Qué trofeo emblematizaría mejor la
prebenda de óptimos negocios más allá de cualquier regla o restricción? Esa
doblemente otra mujer emerge así en la escena como el lugar de la producción y
de la significación de la última forma de control territorial totalitario – de
cuerpos y terrenos, de cuerpos como parte de terrenos – por el acto de su
humillación y supresión.
Nos encontramos, así, frente al
sin-límite de ambas economías – simbólica y material. La depredación y la
rapiña del ambiente y de la mano de obra se dan las manos con la violación
sistemática y corporativa. No olvidemos que rapiña, en español, comparte
su raíz con rape, violación en inglés.
Si esto es así, no solamente podemos
afirmar que una comprensión del contexto económico en gran escala nos ayuda a
iluminar los acontecimientos de Ciudad Juárez, sino también que las humildes
muertas de Juárez, desde la pequeña escala de su situación y localidad, nos
despiertan y nos conducen a una relectura más lúcida de las transformaciones
que atraviesa el mundo en nuestros días, mientras se vuelve, a cada instante,
más inhóspito y aterrador.
[El presente documento fue escrito por la autora
después de participar en Ciudad Juárez en un Foro organizado en julio de 2004 para
debatir sobre el tema de los feminicidios. El título original es: “Territorio,
soberanía y crímenes de segundo estado. La escritura en el cuerpo de las
mujeres asesinadas en Ciudad Juárez”. La agradecemos por permitirnos su
divulgación.]